
Mi nombre es Álvaro Sialer Cuevas, pero no sé qué significa eso. Mis padres estaban entre llamarme Álvaro o Gonzalo, y al final eligieron Álvaro. Un solo nombre van a tener mis hijos, dijo mi mamá, y Álvaro quedó. Aquel que todo lo ve, eso significa mi nombre. Si dudas, puedes consultar el diccionario de Gutierre Tibón. Aquel que todo lo ve, y sin embargo puedo ser cualquier cosa, menos previsor. Menos mal de los errores se aprende, etcétera. Quiero creer que mi nombre, si bien no me define, me inspira. Verlo todo, preverlo todo, tomar decisiones sabias y tener así una buena vida. A eso me invita mi nombre. Y yo lo acepto.
Lo que no acepto es la muerte. El paso del tiempo me destruye, y a ti también mientras lees esto. No, no te volverás inmortal si dejas de leerme, así que acompáñame: no hay escapatoria. Lo que no acepto es la muerte, y por eso no quise vivir. Eso lo supe desde muy joven, cuando mis compañeros en el colegio elegían estudiar tal o cual carrera, y yo solo quería seguir yendo a clases, disfrutar los contenidos de historia y no tener que ser adulto nunca nunca nunca. Pero aquí estamos, tú y yo, destruyéndonos un poco más mientras yo escribo para ti y tú me lees a mí y te apropias de mis palabras en el silencio de tu mente, ese santuario donde el tiempo no puede destruirnos. Me gusta pensar así en la mente de los muertos, ese ámbito que nos visita cuando el viento deja de correr, o cuando te despiertas de madrugada y vas al baño y apagas la luz ante la imagen ahora invisible del espejo. Cierras los ojos. ¿Escuchas? Es el silencio de los muertos.
No quise vivir, de modo que quise observar la vida. Primero elegí hacerlo optando por Arqueología en la universidad, porque los cursos de historia antigua eran lo que más me gustaba. Pero luego me fui a Historia, en parte porque no pude soportar manipular cuerpos de hace mil años. Mejor trabajar con los muertos indirectamente, me dije, a través de sus documentos.
Así que estudié Historia, pero no ejercí. La vida (el paso del tiempo, etcétera) me llevó a la industria editorial y luego a la Escritura Creativa, en la que obtuve mi maestría. Creo que escribir, que es la otra cara de leer, es una forma de observar la vida. Y en esta observación nos sentimos a salvo, porque la ficción nos hace presenciar cosas hermosas, pero también terribles, y todo lo observamos desde la seguridad del otro lado de la página, o de la pantalla. Y, sin embargo, la vida se sale con la suya y nos consume mientras la observamos. ¿La prueba? Nadie ha logrado leerlo todo.
Dios, solitario autor y lector despreocupado.
Solo Dios es santo, dice la biblia. Solo los inmortales son felices, dice Homero. Y yo, que no soy santo ni inmortal, y obviamente nada sabio, no lo acepto. Leo y escribo, y al hacerlo vivo la ilusión de estar al margen de la vida y de su destructivo curso, pero cierro el libro o dejo la hoja en blanco, y la vida (el tiempo, etcétera) me destruye. Bajar de la cama es un oficio peligroso cuyo seguro es impagable, aunque las vistas son bonitas.
Vida, materia inflamable.
Escritura, capa de ceniza.